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Por Alberto Pinzón Sánchez

Conocí a Gerardo en la Universidad Nacional de Bogotá a finales de los años 60, cuando el compañero de estudios de Antropología Darío Fajardo, lo llevó a dictar una conferencia sobre el “problema agrario” en el aula máxima de Sociología. Eran tiempos de efervescencia social anunciados por el fin del régimen de la “modernura” de Lleras Restrepo, el regreso del dictador Rojas Pinilla a la política nacional, y aumento de la resistencia popular al régimen especialmente en el campo y en las ciudades; la Universidad Nacional era el microcosmos que mejor reflejaba aquel momento nacional y, Gerardo acababa de salir de la cárcel donde lo había metido el régimen “LLerista” por sus actividades en la resistencia campesina del Sumapaz.

Aquel día, Gerardo esbozó una tesis que siempre me ha quedado rondando en la cabeza: El problema agrario ha dado un salto cualitativo; ya no es solamente el asunto de la tenencia de la tierra y la lucha por una parcela campesina, sino que el desarrollo violento del capitalismo en el campo colombiano a mediada avanza a “sangre y fuego”, hace necesaria y esencial la organización sindical de todos los trabajadores del campo para unir sus luchas con los trabajadores de las ciudades.

En el ambiente estudiantil se debatían tres tesis centrales sobre el asunto agrario en Colombia, que por razones de espacio me voy a atrever a esquematizar así: Una, la sostenida por las organizaciones que se reclamaban maoístas y que con diversos matices sostenían que, Colombia era un país semi-cuasi feudal y que por lo tanto lo que se debía hacer era una revolución de “nueva democracia”, un poco a lo chino, y con ayuda de la “burguesía nacional” a la que se otorgaba (y aún se le otorga) un acendrado carácter anti-imperialista y autónomo y soberano, desarrollar plenamente durante un largo periodo el capitalismo, para luego pasar a la construcción del socialismo.

Una segunda concepción era la contraria, sostenida también con diversos y multiples matices por quienes se reclamaban “socialistas” y trotskistas argumentaban que, Colombia desde comienzos del siglo XX era fundamentalmente un país plenamente capitalista dependiente, insertado en el sistema imperialista mundial, con dos clases antagónicas bien desarrolladas y enfrentadas según lo describiera Marx en el Manifiesto Comunista. Y si bien, aún persistían relaciones de producción pre-capitalistas en algunas partes bastante periféricas del centro económico de Colombia, estas estaban en un franco proceso de disolución ante el avance incontenible de las relaciones de producción capitalistas en toda la sociedad, y por lo tanto, la revolución que se debía hacer era plenamente socialista.

Gerardo como miembro del comité central del Partido Comunista colombiano, con su ya fecunda experiencia, que hoy deja escrita para la historia en esta su biografía post mortem (1) sorprendió al auditorio “teoricista” con una tercera posición, con su tesis practica de que lo que se estaba viviendo era un Proceso fluido y muy violento (es de destacar) para desarrollar plenamente el capitalismo dependiente del Imperialismo en todo el territorio nacional y, llenar y fortalecer esa terrible relación productiva llamada Latifundio, con unas nuevas relaciones de producción técnicamente avanzadas como la de los “agro-negocios” como el arroz, algodón, maní, ajonjolí, palma aceitera, ingenios azucareros, ect, que correspondían a un capitalismo desarrollado; por lo tanto, el asunto básico era construir sindicatos agrarios que resistieran y fueran los gérmenes de las liberación nacional, la democracia y el socialismo.

Fue lo que hizo de ahí en adelante y a lo que dedicó toda su vida hasta poco antes de su muerte en octubre de 2015, tal y como lo deja testimoniado en su histórico libro: Construir una organización nacional de los proletarios del campo colombiano hoy llamada Fensuagro, a lo largo de los diversos gobiernos que desde mediados del Siglo XX hasta hoy han dominado en Colombia.

Ese es su mérito y su valentía, y esa es la pieza que faltaba para entender cómo y de qué manera se dio ese entronque; cómo se hizo la transición como dirían los estudiosos del tema, (pero con nombres propios incluido el suyo de “teniente Anzola”) entre la resistencia campesina organizada y la autodefensa de masas de los años de la violencia bipartidista liberal conservadora, hacia la lucha armada insurgente y el aparecimiento de las FARC-EP, en esa zona tan importante para la historia de Colombia como ha sido el páramo de Sumapaz con sus vertientes hacia Cundinamarca, Tolima y los Llanos Orientales.

Un momento crítico narrado por Gerardo como fue el de la desmovilización y desarme (entrega de armas) de las organizaciones guerrilleras durante las amnistías y procesos de paz de la dictadura anticomunista de Rojas Pinilla y luego, en los primeros gobiernos del Frente Nacional, lo que no deja de semejarse (un poco) al momento actual que se vive en Colombia, donde el Bloque de Poder Contrainsurgente dominante (BPCi) sigue con la idea fija u obsesiva de “derrotar” a las Insurgencias armadas de Colombia con las que adelanta procesos de Solución Politica: con un plan A que es igual al Plan B: derrotarlas en la negociación, o derrotarlas en la Implementación de lo acordado y que, continúa llenando de zozobra el futuro de Colombia.

(1) González Luis Gerardo. Luchas y resistencias campesinas en Colombia: 1948-2015. Caminos de la guerra y de la Paz. Ediciones Aurora. Bogotá.2017.

Fuente Imagen obtenida en Internet

 

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