Por Narciso Isa Conde

Nadie con sentido de justicia y honestidad intelectual puede poner en duda el carácter perverso de la guerra económica: desabastecimiento de de bienes de consumo, sustracción de divisas, especulación comercial y financiera, y maniobras para provocar devaluación de la moneda, puesta en práctica por los enemigos del proceso bolivariano en Venezuela.

Igual resulta innegable su impacto negativo en términos políticos-electorales, potenciados por el rol alienante de la gran dictadura mediática mundial.

Es claro, además, que la caída del precio del petróleo, inducida en parte por EEUU y aliados, le ha hecho significativos estragos a la economía venezolana y a los planes sociales de su gobierno.

Hubo –y hay- mucho sabotaje económico, múltiples formas de acaparamiento, contrabando, evasiones, especulaciones y estafas del gran empresariado privado en combinación con sectores corrompidos del gobierno chavista. Ni hablar de la manipulación desde Colombia del comercio legal e ilegal en detrimento del país vecino.

Todo eso es verdad, como lo es que pudo ser mejor contrarrestado desde el Estado Venezolano, enfrentando aéreas sensibles del mismo que fueron contaminadas por la corruptela contrarrevolucionaria, implementando correctivos más contundentes en materia de control del sistema de divisas, del comercio exterior y la banca privada.

La permanente amenaza mil